El Tal Pacto Agrario, No Existe.

2014/Mayo 02/Coordinación Campesina del Valle del Cauca


Y entonces las comunidades, olvidadas, empobrecidas, militarizadas, expropiadas y desplazadas, harta de promesas incumplidas, cansadas de la delincuencia de cuello blanco instalada desde décadas en el poder, decidió parar el país en movilizaciones y huelgas, hasta tanto el gobierno no se dignara en atender y solucionar los pliegos: manifiestos de inconformidad, manifiestos de política pública agraria redactados por los campesinos, indios y negros ignorados por décadas sino centurias.

Soberbio como perro rabioso, el gobierno, pretendió diluir las protestas a fuerza de detenciones y a balazos, provocando un efecto contrario al previsto, el crecimiento del paro, la solidaridad ciudadana, la ilegitimidad del fusil como medio para acallar la voz altiva del niño campesino; pero sobre todo, la comprensión de la ciudadanía de que los terribles impactos económicos, que llevaron a la pobreza a millones en la zona rural, son derivados de las políticas agrarias de los gobiernos, de la necesidad de la nación entera de proteger el agua y los territorios de la megaminería, del imperativo derecho a la tierra para los pobres del campo, como del verdadero apoyo para superar la condición de olvido; así también, entendieron que quienes se han lucrado de la usurpación del trabajo y la tierra ajena, deben devolverlos, para que el país entero prospere.

En este contexto de impopularidad sin precedentes del candidato – presidente Juan Manuel Santos, tras 22 días de paros en las carreteras y poblaciones de Colombia,  se instala una mesa de negociación con la Mesa de Interlocución y Acuerdo Agropecuario y Popular, MIA, previamente el gobierno, había instalado otras con las demás plataformas hacedoras del paro, para negociar los pliegos de exigencias.

Paralelo a la instalación de mesas de negociación, con la MIA, con las Dignidades, con el movimiento indígena, con los campesinos del Catatumbo, el gobierno del presidente Santos, el 11 de septiembre de 2013, lanzó el “Pacto Nacional Agrario”, un salvavidas de rescate para las naufragadas locomotoras agroindustriales, para sacar adelante la cien veces fallida política agraria gubernamental y de paso, hacerse a una histórica foto con los campesinos, indígenas y afros que hasta ese momento, había desconocido, ilegitimado, violentado, apaleado.

El Pacto Nacional Agrario, convidó a escuchar el gubernamental recetario de mágicas soluciones a los históricos problemas del agro colombiano, sentando en la misma mesa a delegados del gobierno, empresarios agroindustriales hacedores de agronegocios y campesinos sin tierra.

Esto podría entenderse como un modesto gesto de “buena voluntad” si al menos, gobierno y empresarios, reconocieran la necesidad de desarrollar una NUEVA POLÍTICA AGRARIA DEMOCRÁTICA que renegocie los Tratados de Libre Comercio y, reconozca que el modelo agroindustrial de inmensos latifundios, ha sido rentable, sólo gracias a la concentración armada de la tierra y a las onerosas cuantías con que han sido financiados los empresarios, a costa del desplazamiento de millones quienes son en efecto marginados de la inversión social que debiera ser provista por las instituciones del Estado en favor de los productores más necesitados.

Y sin embargo, este Estado siempre ha legislado bajo la ordenanza de las familias que lo controlan. No podría ser distinto, ahora. El Pacto Nacional Agrario, hasta la fecha, solo logró una foto, en la que la mirada incrédula de los campesinos, controvierte las sonrisas diseñadas en laboratorio de empresarios agroindustriales y tecnócratas del gobierno. Sonrisas, gesto simbólico, de quienes auguran felices, la desaparición del campesinado, como sujeto histórico olvidado de esta nación sudamericana.
Si por pacto entendemos, el acuerdo –tras el paro- que se logra por parte del gobierno con las comunidades campesinas, indígenas y afrocolombianas, que se eleva a Política de Estado para solucionar los históricos problemas agrarios sintetizados éstos en: garantías para la producción nacional de alimentos, abastecimiento del mercado y fortalecimiento de las economías rurales no agroindustriales; de reconocimiento de la territorialidad; de renegociación de los TLC y de apoyo a las comunidades agromineras en contra de la megaminería; de reconocimiento de derechos políticos y sociales de los pobladores del campo.

El Pacto del gobierno no solo no cumple con las condiciones expuestas, sino que además objeta aireadamente discutir siquiera cualquier punto de los pliegos, es fácil concluir que “¡el tal Pacto Nacional Agrario, NO EXISTE!”.

No existe pacto, porque el pacto se hace entre las partes que negocian. En este caso, el Pacto los suscriben empresarios y gobierno, gobierno y empresarios. Si el pacto es del tipo del “yo con yo”, entonces no existe pacto, sino un rentable negocio, que hecho público verbigracia de los medios, se convierte por la repetición forzada  de los medios en un “pacto”, moldeado para calzar en la horma de subir la popularidad del candidato – presidente y reencauchar la desastrosa política agraria, esta vez con sumas inauditas de recursos, que lejos de invertirse en las marginadas zonas rurales, serán recursos ejecutados en los terrenos de aquéllas familias poderosas, que siempre se han lucrado de las finanzas del Estado.
Por esta razón, las organizaciones y plataformas que convergen en la Mesa de Interlocución y Acuerdo Agropecuario y Popular, en el Valle del Cauca, rechazamos la existencia del Pacto y manifestamos que no lo suscribimos, además de lo dicho, por las siguientes consideraciones:

1. Durante los 8 meses de duración de la mesa de negociación establecida entre el gobierno colombiano y la MIA, identificamos que no existe voluntad política por parte del gobierno para solucionar el pliego de exigencias; por el contrario existe un proceso de invisibilización del movimiento agrario y sus propuestas. El gobierno del presidente Juan Manuel Santos, en su arrogancia, niega la discusión del problema agrario y en un ejercicio coercitivo obliga a las organizaciones a ratificar el Pacto Nacional Agrario, como el único medio para acceder a los recursos del Estado. Se ha demostrado la reticencia del gobierno a discutir el impacto de los Tratados de Libre Comercio o siquiera a estudiar los puntos en los que son lesivos. 

2. El gobierno ha supeditado la suscripción del Pacto como la única instancia para promover acuerdos, siempre y cuando éstos, no se salgan del marco de las iniciativas planteadas en el Pacto. Si bien el campo necesita proyectos de inversión, éstos solos, no necesariamente solucionarán los problemas agrarios. No basta con asignar proyectos.

3. El Pacto no garantiza la democracia y mucho menos la participación efectiva de las comunidades; las decisiones al respecto de la política agraria e incluso aquellas relativas a ejecución de proyectos, son tomadas por los Consejos Departamentales, CONSEA, y por El Consejo Nacional por el Pacto Agrario, escenarios en donde los delegados de las comunidades son minoría absoluta. El Pacto, impuso un reglamento a los Consejos Municipales de Desarrollo Rural, obstaculizando su propio desarrollo y negando de facto lo reglamentado en la ley 160 de 1994, que a la fecha ha tenido un precario desarrollo.

4. El Pacto Nacional Agrario fue elaborado a la medida de los requerimientos de los empresarios del agro, ganaderos, terratenientes, agroindustriales de la palma, el banano, el azúcar, entre otros, de gremios como FEDEGAN y la SAC (que controlan el mercado, los subsidios, el crédito, la tierra, la infraestructura y el agua), que revive la aparcería como figura laboral, que refrenda los esquemas de producción de externalización de los costos de producción, siempre en favor de los empresarios y en perjuicio de los productores.

5. El Pacto Nacional Agrario es una política impuesta, una jugada clásica de gobiernos autoritarios que tienden al fascismo que, no solo, no reconoce los derechos políticos, sociales, culturales, ambientales y económicos de las comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas, sino que además niega de facto los convenios internacionales firmados por el Estado Colombiano, como el Convenio 169 de la OIT.

6. El Pacto Nacional Agrario, pretende refrendar el modelo agroexportador de materias primas para la agroindustria y de este modo profundizar el fallido modelo neoliberal que impide el desarrollo de la economía campesina, niega el deber del Estado de proteger la soberanía alimentaria de los colombianos y debilita la capacidad de autoabastecimiento alimentario.

7. El Pacto Nacional Agrario, pretende legalizar el despojo de siete millones de hectáreas usurpadas por el narcoparamilitarismo y viabilizar la concreción de mecanismos jurídicos para el acaparamiento ilegal de baldíos.

8. No tiene sentido vincularnos a un Pacto Nacional Agrario, que profundiza los desequilibrios que venimos denunciando como organizaciones campesinas desde hace décadas; incluirnos en el pacto agrario se constituye en una afrenta a la dignidad de los campesinos que fueron detenidos, heridos, mutiliados y asesinados desde que iniciamos las jornadas de paros y movilizaciones a mediados de la primera década del siglo XXI.

La MIA aclara que hasta que de no cambiar la caracterización definida en los documentos del Censo Nacional Agrario, las organizaciones que lo integran, se abstendrán de participar de este proceso. El Censo Nacional Agrario, se enmarca en la política estatal de invisibilización y negación del campesinado como sujeto de derechos; desconociendo el importante aporte que hace el campesinado a la economía nacional y a la conservación de los frágiles ecosistemas que vienen siendo destruidos por los megaproyectos minero - energéticos, agroindustriales y de infraestructura.

De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. En este caso, el gobierno ni siquiera ha tenido “buenas intenciones”. De tenerlas debe hacerlas manifiestas solucionando el Pliego Nacional de Exigencias, emanado por la Gran Cumbre Nacional Agropecuaria.

Lo contrario será generar las condiciones para un próximo paro. Más fuerte y contundente que aquél en que la necesidad nos condujo a entregar la vida, la libertad y la integridad física de compañeros y compañeras, quienes serán reivindicados en semillas, en territorios, en tierras cultivadas para el futuro de los hijos e hijas de la nación entera. La vida, la honra, la sangre derramada, no han sido y no serán en vano. 
Tenemos en nuestras manos la historia y esta vez hemos decidido transformarla, en bien de todos, en bien de todas. Sembremos unidos la tierra, rechacemos el Pacto Nacional Agrario, porque éste: no existe. 

COORDINACIÓN CAMPESINA DEL VALLE DEL CAUCA



El Pacto Agrario: Mercantilización de la Tierra y Negación de los Campesinos, Indígenas y Afrocolombianos como Sujetos Políticos.

2014/Coordinación Campesina del Valle del Cauca – CCVC,Proceso de Unidad Popular del Sur Occidente Colombiano – PUPSOC. Valle del Cauca.
El Pacto Agrario: Mercantilización de la Tierra y Negación de los Campesinos, Indígenas y Afrocolombianos como Sujetos Políticos.


 

*Harold Ordoñez Botero

Equipo Técnico

Coordinación Campesina del Valle del Cauca – CCVC

Proceso de Unidad Popular del Sur Occidente Colombiano – PUPSOC. Valle del Cauca.

El gobierno nacional de Juan Manuel Santos de manera trampera y engañosa viene impulsando desde el pasado 12 de septiembre de 2013 la propuesta denominada Pacto Agrario. Vendiéndola como la “gran revolución del campo colombiano”[1] para superar la deuda histórica del Estado para con los campesinos, andan de pueblo en pueblo con culebreros muy bien adiestrados citando a las comunidades en los Consejos Municipales de Desarrollo Rural (CMDR) para “meterlos” al pacto. Lo cierto es que “el tal pacto agrario” ni es participativo ni busca resolver los problemas estructurales del campo colombiano, como lo expresa el gobierno en sus pronunciamientos públicos y documentos.

El Pacto Agrario resulta ser un artilugio de reencauche de la fallida locomotora neoliberal agropecuaria; un salvavidas lanzado por el gobierno para evitar el hundimiento del Estado caduco que defiende ante la imponente fuerza demostrada por el campesinado y los sectores populares movilizados en el pasado paro nacional agrario, plagado de mentiras y falsas promesas que en el fondo ocultan la pretensión histórica de acabar con las formas sociales de producción campesinas, indígenas y afros, para finalmente imponer el modo de producción capitalista en los territorios de dichas comunidades.

Esto último se hace evidente en el discurso utilizado por el ministro Lizarralde y replicado por el Sr. James Ávila de la Secretaría de Agricultura y Pesca del Valle del Cauca, SAP, ante el CMDR del municipio de Tuluá, cuando pregonaron a los cuatro vientos que el campesinado para superar su situación de pobreza y atraso debe “ver la tierra como negocio”, que para salir adelante el campesinado debe “ser competitivo y volverse un empresario del campo”.

Esta clásica formula de la burguesía y las clases dominantes de mostrar sus intereses particulares como los intereses de todo el pueblo, diciéndole a las comunidades rurales que para seguir existiendo deben dejar de ser campesinos, indígenas o afros, debe ser desenmascarada y denunciada por las organizaciones agrarias para evitar que las comunidades terminen legitimando una política que los desconoce como sujetos políticos, que desconoce su territorialidad.

En efecto, el gobierno Santos, sabiendo y utilizando las necesidades presupuestales de las comunidades para poder consolidarse en sus territorios luego de múltiples arremetidas militares y paramilitares, pone por delante supuestos billones de pesos como carnada para que éstas se traguen el anzuelo, avalando la política de mercantilización de la tierra y eliminación de sus economías y valores culturales como principales barreras para el avance del modelo capitalista en el campo colombiano.  O acaso qué más implica para los campesinos, indígenas y afros, ver la tierra como un negocio, si no renunciar a su ancestral relación de vida con ella, cortar las raíces que los hacen uno solo con sus vecinos en las veredas, los resguardos o consejos comunitarios, volver cosa lo que los ha determinado en esta vida como tales, volviéndose ellos mismos cosas que se quitan y se ponen en la tierra de acuerdo a las fluctuaciones del mercado o a los usos que el mercado defina para ella. Qué nos quieren decir cuando nos invitan a volvernos empresarios del campo: acaso pretenden que salgamos de saco y corbata al tajo, o es que nos quieren de “colaboradores” en sus alianzas productivas al estilo del cerdo y la gallina.

Ante esta iniciativa, que por supuesto está ligada a los planes de consolidación de las fuerzas militares y la política de re-primarización de la economía nacional, el deber de las comunidades, sus organizaciones y líderes, es mantener la resistencia en defensa de sus territorios, recuperando las tradiciones y valores de solidaridad y cooperación que han caracterizado históricamente tanto a campesinos como indígenas y afros en Colombia, así como creando nuevos valores que superen el moralismo hipócrita infundido por los burgueses y terratenientes, con los que vayamos moldeando esa nueva sociedad que estamos ayudando a gestar. Pero a su vez, es necesario construir y consolidar un poder popular desde abajo que no reproduzca los vicios del actual régimen político: caudillista, corrupto y clientelar, que convirtió a los habitantes del campo y la ciudad en mendigos del Estado; sino que sea cogestor en la emancipación de los sujetos para su participación consciente y creadora de esa Colombia Nueva que todos soñamos. 
 
En ese sentido, es imperativo continuarle apostando a la constitución de la Zona de Reserva Campesina del municipio de Tuluá, que pretende abarcar la zona media de la montaña tulueña, incluyendo 11 corregimientos y más de 5000 habitantes, es una clara propuesta que ubica el factor territorial como  elemento estratégico en la lucha por la paz con justicia social.





[1] Palabras del Sr. James Avila en su presentación del pacto agrario ante el CMDR de Tuluá el 7 de abril del 2014.

Declaración Pública sobre el Pacto Agrario Del Gobierno Nacional

2014/Marzo 08/ASTRACAVA/Tuluá


  
Tuluá, 7 de abril de 2014
  
De acuerdo con la constitución política de 1991 el Estado Colombiano se establece como una República democrática participativa y pluralista donde la soberanía, es decir el poder de decidir los destinos de la Nación, reside exclusivamente en el pueblo. En desarrollo de este postulado constitucional fueron creados los Consejos Municipales de Desarrollo Rural -CMDR por la Ley 101 de 1993 y ratificados en la ley 160 de 1994 como instancia superior de concertación entre las autoridades locales, las comunidades rurales y las entidades públicas en materia de desarrollo rural para coordinar y racionalizar las acciones y el uso de los recursos destinados al desarrollo rural y priorizar los proyectos que sean objeto de cofinanciación.
  
Claramente el CMDR en el municipio de Tuluá no es aún el espacio de concertación que el campesinado y las comunidades rurales necesitamos para lograr un real desarrollo en el campo, en la medida que el manejo dado desde las diferentes administraciones municipales coartan la participación de éstas limitándolas a ser meras legitimadoras de las iniciativas particulares de dichas administraciones. En ese sentido reconocemos la necesidad de reestructurar el CMDR en el municipio en la idea de lograr que las políticas agrarias implementadas en Tuluá respondan a las verdaderas necesidades y a los intereses de sus habitantes rurales para aportar a la superación de la actual situación de pobreza generalizada en que sobrevivimos.
  
No obstante, el gobierno del ahora Presidente-Candidato Juan Manuel Santos pretende todo lo contrario con su tal Pacto Agrario, pues mediante el decreto 1987 de 2013 convierte a los CMDR en instrumentos de aplicación de su política agraria anti-campesina y neoliberal. Las asociaciones campesinas y juntas comunales del municipio de Tuluá, declaramos ante la opinión pública nacional e internacional nuestro rechazo rotundo al pacto agrario porque:
  
1. El gobierno nacional en su arrogancia, niega la discusión del problema agrario y en un ejercicio coercitivo pretende obligar a las organizaciones y comunidades a ratificar el Pacto Nacional Agrario como el único medio para acceder a los recursos del Estado.
 

2. El Pacto Nacional Agrario es una política impuesta, una jugada clásica de gobiernos  autoritarios que no reconocen los derechos políticos, sociales, culturales, ambientales y económicos de las comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas, negando de hecho los convenios internacionales firmados por el propio Estado Colombiano, como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
 
3. El Pacto Nacional Agrario pretende refrendar el modelo agroexportador de materias primas para la agroindustria y de este modo, profundizar el fallido modelo neoliberal que impide el desarrollo de la economía campesina, negando la soberanía alimentaria de los colombianos y la capacidad de autoabastecimiento alimentario.
 
4. El Pacto Nacional Agrario pretende legalizar el despojo de siete millones de hectáreas usurpadas por el narco-paramilitarismo y establecer los mecanismos jurídicos para el acaparamiento ilegal de baldíos.
 
En tal sentido, rechazamos también cualquier intento de aplicación de dicho Pacto en este municipio incluyendo la pretensión ilegitima de convertir nuestro CMDR en correa de transmisión de su política; llamando a todos nuestros colegas consejeros y a las comunidades rurales en general a cerrar filas contra el Pacto Agrario, a trabajar unitariamente por la construcción  de un CMDR democrático y participativo, donde la voz del campesino sea la que guíe las acciones para el campo y, a fortalecer nuestros procesos organizativos comunitarios desde las veredas y corregimientos para defender la cultura y economía campesinas.  

                          Por un CMDR democrático, participativo y vinculante: 
                                    ¡ABAJO EL PACTO NACIONAL AGRARIO!
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